Mi buena amiga Lourdes Cárdenas me dio la noticia: el martes 15 de mayo, por la mañana, murió Carlos Fuentes. No sé qué sensaciones tendría ella en esos momentos. Vivimos en El Paso, frente a Ciudad Juárez, y ella, por ser periodista, se ha curtido reportando los brutales asesinatos ocurridos a diario al otro lado de la frontera. Y, sin embargo, hubo algo en su voz que me hizo pensar en una íntima y especial desolación. Carlos Fuentes no había sido jamás su amigo, nunca lo había entrevistado ni se había topado con él en alguna reunión común. Y, sin embargo… Pensé en la enorme tristeza que me causaría enterarme de la desaparición de Mario Vargas Llosa y creí entenderla. Tanto para ella como para mí se trata de la muerte de un portavoz tanto de nuestra indefensión como de nuestra rebeldía. Una voz que se pronunciaba contra la mediocridad, que transformaba en palabras precisas lo que nosotros solo alcanzamos a decir torpemente. Transformando nuestras derrotas, frustraciones, anhelos o esperanzas en sueños deslumbrantes, y expresando nuestra indignación cívica a través de crónicas y ensayos hechos contra cualquier poder ejercido sin límites. A Lourdes, pues, le dolía en secreto que se fuera para siempre un hombre que en México gustaba desafiar la mezquindad y los prejuicios, los lugares comunes de la pereza intelectual, sin temor a equivocarse o (peligrosamente) a tener la razón. Quizá allá, para muchos, Carlos Fuentes no resultaba nada simpático, pero creo que al mismo tiempo nadie ponía en tela de juicio su honestidad. Ni, por supuesto, su inmenso talento literario.
Ideas comunes bajo la lluvia en el desierto
May 8th, 2012 by c.s. santisteban
1
Desde que amanece, uno es lo que no es, lo que no va siendo. En otras palabras, el verbo ser es demasiado rígido, inhumano, abstracto, a tal punto que no sirve para describirnos sino para coagularnos con una gramática del lenguaje que, en nuestro caso, rara vez calza con la impredecible y proteica gramática del mundo natural.
2
Aunque todos hemos experimentado aquellos momentos que vuelven deseable el suicidio, son relativamente escasos los suicidas. Esto quizá se deba, naturalmente, a que el mundo no solo está hecho de adversidades y catástrofes: también abundan las cosas que producen alegría. Sin embargo, hay gente que moralmente desprecia el alivio de la risa, acaso porque ignora que para espantar al suicidio se necesita huir de las perversas fuerzas de atracción del yo. Y no hay mejor modo de conseguir esto que entretenerse con asuntos impersonales —trabajar de por vida en resolver problemas de todo tipo: artesanales, matemáticos, musicales, o tal vez intentar la excelencia en cualquier oficio… (No en balde Diderot decía que, entre otras ventajas, el trabajo suele acortar los días y prolongar la vida.)
3
Apenas he dormido cinco horas en tres días y me encuentro agotado pero de buen humor. Al insomnio le agradezco las noches en vela que me concede mirar las cosas con mayor esmero, sin las numerosas distracciones del día, y también —aunque mi inteligencia está cada vez más ralentizada, porque un insomnio prolongado estupidiza— que me de el gusto de leer a salto de mata lo que se me antoja.
Con todo, he de admitir que este insomnio tiene un aspecto peligroso. Siento que al robarme los sueños está haciendo acogedora y familiar la idea de un descanso definitivo: la muerte. Acaso porque la muerte, como la supongo, es el absoluto fin de nuestras preocupaciones. Y digo «absoluto» teniendo muy en cuenta la raíz etimológica de esta palabra, que es la misma del vocablo «absolución».
Así, de acuerdo con nuestros estados de ánimo, bien podríamos decir que la muerte nos absuelve de la vida, o, asimismo, que la vida nos absuelve de la muerte, ¿cierto?
4
¿Qué es un petimetre? Para la doctora Juana Vásquez Marín, autora de los divertidos libros El Madrid cotidiano del siglo XVIII y Los usos amorosos del siglo XVIII, es un tipo muy cuidadoso con su indumentaria, superficial, extranjerizante y frívolo, «un erudito a la violeta, un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad».
Por lo del «centímetro de profundidad» me sentí terriblemente aludido. ¿Cuántos de ustedes también? ¿Ninguno?
5
Estoy en Lima. A través de las puertas de vidrio de esta cafetería puedo ver la plaza San Martín. Una hora atrás, un policía me recordó que ese monumento duplica otro que se encuentra en Buenos Aires, Argentina. Le contesté que eso era lo de menos. Que lo importante, al menos para mí, era que aquella estatua del general —¿de mármol?, ¿de piedra?— desciende pasada las dos de la madrugada, absorto, mudo y caballo, para darse un estirón por las calles aguadas de la ciudad. Los trescientos sesenta y cinco días del año, infatigablemente. Y que solo los borrachos, las prostitutas y los insomnes lo hemos notado.
El policía me estuvo mirando muy serio mientras yo hablaba; luego, me preguntó si el de Argentina hacía lo mismo. Yo tuve vergüenza de decirle que no sabía y le respondí que sí. Para mis adentros, rogué que fuera verdad.
Naylamp, el hijo de Llampallec
April 4th, 2012 by c.s. santisteban
Nadie supo de dónde provino, pero hasta hoy, más de mil años después de su ascenso a los cielos convertido en una águila solitaria, nadie lo ha olvidado entre los numerosos pueblos del norte del Perú. Naylamp, ése era su nombre. El nombre que proclamaron sus guerreros y con el cual gobernó como un rey justo durante el tiempo que tuvo sobre la Tierra. Se hizo dios a su muerte, y esta es su historia…
I
El primer ser humano que vio la extensa flota de naves sobre el mar fue una niña. Durante varios minutos ella vio cómo crecían los barcos en el horizonte del amanecer, y pudo oír a lo lejos el inagotable canto de los caracoles que anunciaban el arribo de nuevos prodigios, y alcanzó a distinguir, sobre la proa de la nave más grande, el reflejo cegador de una corona y una armadura de oro que investían a un hombre de cabellos muy largos y oscuros que estaba de pie junto al mástil.
La niña se llamaba Faquisllanga y pertenecía a una de las siete aldeas de pescadores, artesanos y agricultores de una región que contaba entonces con tres generaciones de existencia y todavía carecía de nombre fijo. Sus bisabuelos habían llegado del sur, en un éxodo que cientos de personas indefensas decidieron emprender para librarse del atropello de los guerreros decapitadores del imperio Chimú, siempre ebrios de sangre bajo el estandarte de Aia Paec, su dios homicida.
Surcando noche tras noche las aguas saladas que escocían sus pies descalzos, camuflándose a plena luz bajo algarrobos y espinos de mentira hechos a mano, aquella recua de gentes de toda edad y condición iba diezmando su número sin poder evitarlo. De este tumulto anárquico apenas sobrevivió una centena de mujeres y hombres jóvenes que, acaso por la edad, no se permitió fácilmente morir. El resto agotó sus energías en el trayecto y sus cadáveres fueron alimento de crustáceos, peces y pájaros carnívoros que distrajeron con ellos su hambre.
Pensando en las advertencias de aquellos antepasados repetidas ahora en boca de su madre, Faquisllanga venció su propio miedo y corrió hacia el interior de la costa. Tenía el terror metido en los huesos, pero en ella pudo más la zozobra de no anunciar a tiempo el peligro que sentía sobre los suyos.
II
En la cubierta de la nave de mando, el rey Naylamp daba las últimas órdenes para fondear a palo seco, muy cerca de la desembocadura de un río que en la mañana parecía un ancho cristal iridiscente. Ante sus ojos la tierra se abría vasta y tranquila, no como las comarcas tormentosas que él había imaginado antes de partir meses atrás, cuando su dios padre Llampallec, señor de las aguas, lo conminó a buscar un nuevo territorio donde procrear hijos y fabricar los cimientos de una nueva civilización.
Ahora tenía delante, para su sorpresa, una costa de fina arena, dulcificada por el chasquido de pequeñas olas verdes y el fresco susurro de la alborada.
Junto a él, a su izquierda, con un vestido ligero de paño turquesa y bordados granates, se encontraba su esposa todavía adolescente, Ceterni; a su derecha estaba Pita Zofi, su tañedor en los combates, ataviado para la guerra; detrás de ellos se agrupaban dieciséis hombres armados con pesadas lanzas, hachas de piedra y macanas con púas de cobre macizo. Ya estaban listas las andas recubiertas de oro sobre las cuales Ceterni y Naylamp llegarían a suelo firme.
Veinte embarcaciones seguían a la nave del rey, y para ese momento cada una de ellas había arreado trapos y avanzaba calmadamente a golpes de remo.
Entre tanto, tierra adentro, un revuelo de gente se aglomeraba delante del curaca Suysuy. La noticia que había soltado la niña había provocado el efecto de un cataclismo y los mayores ansiaban oír tanto la voz del viejo cacique como el dictamen de Mochquiqui, sacerdote de la diosa de las lluvias y del dios de los desiertos.
A un gesto de Suysuy, todos callaron y el sacerdote se puso de pie frente a la asamblea.
“Hermanos”, dijo Mochquiqui, “una grave amenaza nos ha llegado del mar como un castigo de Aia Paec por tratar de huir de nuestro destino. Es seguro que este nos ha enviado sus combatientes para ajusticiarnos o esclavizarnos. Pero yo digo que tal vez aún podamos aplacar su ira. ¿Cómo?, me dirán. Pues, les diré cómo: siendo humildes. ¿Acaso podemos combatir a esos heraldos del poderoso Aia Paec? No, pues, no podemos. No hay forma. Entonces, más bien vayamos cuanto antes al encuentro de los extranjeros y démosles la bienvenida. No pensemos en pelear. No. No peleemos. Juntemos ya mismo nuestras ofrendas y vayamos a su encuentro en paz. No sea que entre sus huestes se oculte un dios y suelte su enojo sobre nosotros.”
Así habló Mochquiqui y la asamblea respaldó sus palabras. Suysuy entonces dispuso el cumplimiento de todas estas cosas y se dirigió a su morada para ser vestido con propiedad.
III
Una vez fondeada la escuadra de Naylamp, doce hombres se lanzaron al agua para recibir las andas y cargar a los reyes hasta la orilla, ubicada a unos diez trancos de allí. Al mismo tiempo, avanzando de prisa, treinta y tres hombres de las naves contiguas nadaron hasta la vanguardia y, por precaución, levantaron sus amplios escudos cuadrados para resguardar a su señor y su señora.
El primero que arribó a la orilla fue el siervo Fongasigde, que derramó suavemente una larga alfombra de polvo de conchas marinas para que el hijo de Llampallec no hundiera sus pies en la arena.
De este modo se produjo el advenimiento de Naylamp a la costa.
Observándolo detenidamente desde sus escondites, con el alma en vilo, los pobladores del norte aguardaban un gesto de su cacique Suysuy para emerger y mostrarse cara a cara. Por fin, al cabo de interminables minutos, la voz de Suysuy se sobrepuso al bramar de las olas y mandó erguirse. Entonces Naylamp pudo ver cómo de la tierra salían decenas de mujeres y hombres cautos, atónitos, suspicaces, con aspecto de pescadores y artesanos, a la vera de un viejo nudoso que, enfundado en una bellísima túnica de algodón y plumas de colores, portaba un bastón de mando en su mano derecha y una tiara foliada y reluciente por encima de sus cejas.
De inmediato los arqueros de Naylamp tensaron las flechas, pero el rey los detuvo con un ademán de su brazo. “No tienen armas”, dijo. Después, apeándose del solio, se quitó el magnífico cinturón de cuero del que pendían un coxal, un hacha y un largo cuchillo de plata y se abrió paso entre sus hombres. Lo hizo con calma, y esto y más lo hacía único entre todos los reyes del mundo. Nadie como Naylamp había peleado antes codo a codo con sus vasallos, y jamás ninguno como él los había tratado con la solícita preocupación de un buen jefe y sin la brutalidad de un tirano.
“Ven conmigo, Pita Zofi”, dijo. Y el tañedor de combates se puso a su lado portando un hacha y un formidable escudo.
Cuando las dos desiguales comitivas se encontraron, el viejo curaca Suysuy habló primero. “Saludos, extranjeros”, dijo. “Mi nombre es Suysuy y guío el pueblo que acá ven ustedes. Es mi deseo que, mientras nosotros les damos bienvenida, el dios Aia Paec y la diosa Si les den prosperidad y años saludables.”
En seguida, varios niños se aproximaron llevando sobre sus hombros diversas canastas que depositaron en el área que mediaba entre las comitivas. Cuando retiraron los paños de algodón que las cubrían, exhibieron algarrobas, zapotes, lúcumas, pacaes, perdices y trozos de sajinos y venados.
Naylamp sonrió.
“Gracias, anciano”, dijo. “Te saludo y asimismo saludo a tu pueblo. Ni tú ni nadie de los tuyos tiene que desconfiar de nosotros, ya que hemos venido con propósitos de paz. Tienes mi palabra. La palabra de Naylamp, hijo de Llampallec, el señor de las aguas.”
El sacerdote Mochquiqui tembló al escuchar esto. Bien sabía que el divino Llampallec era el hermano y rival eterno de Aia Paec, y el único entre los dioses que podía enfrentársele abiertamente y acaso vencerlo.
Naylamp continuó hablando.
“Escucha, anciano. Mi padre me ha ordenado echar raíces en estas infinitas tierras. Déjenme pues hacer su inefable voluntad y ninguno de ustedes saldrá dañado. Si acatan sus deseos, nuestra convivencia será feliz, dilatada y próspera, se los prometo. Recibirían de nosotros leyes más justas, aprenderían de nosotros nuevas maneras de regar los campos y extraer mejores cosechas de ellos, y les mostraríamos la forma de construir acueoductos imperecederos y palacios y templos y fortalezas inexpugnables… Si, en cambio, quieren rechazarnos y oponerse a los designios de Llampallec, nada de ustedes quedará, también esto se los prometo. Nada. Ni siquiera la calima del crepúsculo podrá encontrar el rumor de sus espíritus… Tal es la suerte que les pronostico, pero es suya la decisión. ¿Qué me responden, pues? Dímelo tú, que hablas y piensas por las gentes que te siguen.”
El viejo curaca Suysuy asintió resignado. Era el último sobreviviente de aquella emigración que los había salvado de la esclavitud, y las muchas contiendas con los pueblos moche le habían enseñado lo suficiente para no ignorar la supremacía del armamento que ahora tenía enfrente. No veía alternativa. Por otro lado, si aquel extranjero decía la verdad, tal vez su nación podría levantar una muralla ante las incursiones sanguinarias de los guerreros del sur.
Con todo, Suysuy pidió tres días para tomar una determinación.
Naylamp se los concedió.
IV
Al día siguiente, por consejo de Mochquiqui, el viejo cacique invitó a Naylamp y su séquito a un festín que se inició al mediodía y se prolongó hasta que las estrellas decantaron en el vientre azul de la noche.
Allí la joven reyna Ceterni brilló primero más que la luz del sol y luego más que el fuego de las antorchas en la oscuridad.
Allí Naylamp y ella escucharon sobre las inmolaciones anuales debidas al famélico dios de los desiertos.
De este se decía que era un dios sin forma.
Un gigante de polvo o de arena.
Un inmortal que requería de sangre para continuar siendo inmortal.
Un hijo bastardo de Aia Paec.
Allí se enteraron de que Faquisllaqui, la niña que había avistado sus naves, era la elegida para aquel sacrificio.
Le quedaban cinco días para su ejecución. El dios de los desiertos la esperaba.
Nadie lo había visto nunca, pero sabían que la esperaba.
Naylamp, entonces, quiso conocerlo.
Así pues, señaló a diecisiete hombres, incluyendo a Pita Zofi y Fongasigde, para que al amanecer lo acompañaran en su trayecto hacia los manglares, detrás de los cuales se hallaba el hogar del dios de los desiertos. El mayor de su escolta era Allopcopoc, un lancero alto y corpulento; el más joven, Xam Muchec, diestro con la maza y acaso más bajo, pero no menos membrudo. Todos estaban en el apogeo de su vigor y animosos para la aventura.
V
“No vayas”, le dijo Ceterni. “Si algo te ocurre, ¿qué será de mí y del resto de los tuyos?”
Naylamp no contestó. Pensaba en Aia Paec y en su propio padre, Llampallec. Se había dado cuenta de que no importaba qué cosas hicieran los dioses, qué atroces maravillas esparcieran por el mundo, qué tormentas y calaminades desataran sobre los hombres, nada era permanente. También pensaba que de aquellos dioses solo se sabían historias, ya que jamás se habían dejado ver. Únicamente se conocían sus hechos. Pero los testigos de esos hechos, los hombres, tarde o temprano iban a morir. Y con ellos los hechos se convertirían en cenizas dispersas en las más negras tinieblas.
Ese era el motivo por el cual Naylamp sentía la necesidad de ir al encuentro del dios de los desiertos. Anhelaba verlo, pelear con él, desmembrarlo y exhibir triunfante sus trozos a toda la humanidad. Probar que no se trataba de una historia hueca, de un sueño que nace de la locura o de la aflicción que causa adivinarse pasajero fugaz en una tierra efímera.
“No vayas”, repitió Ceterni.
Naylamp decidió que lo mejor era no cargar con pertrechos fatigosos e incómodos y se quitó la capa, el peto con loriga y la gola de oro que protegía su cuello. Tiró a un lado el coxal y en su cinturón dejó el cuchillo de tres palmas y un hacha de dos filos. Conservó el faldellín de tiras con placas metálicas y las muñequeras de cuero remachadas con oro, plata y cobre. Después calzó unas sandalias hechas de un grueso tejido de fibras vegetales, sin rebordes, y colgó a su espalda un imponente escudo redondo tachonado con clavos de plata.
Antes de salir de su tienda provisional cubierta de caña brava, asió una lanza de dos puntas y se volvió hacia Ceterni.
“Aguarda por mí”, dijo.
Luego se marchó.
VI
Hacia el mediodía, tras varias horas de agotamiento bajo un sol que parecía tener el empeño de calcinar el planeta, todavía iban bordeando aquel río que semejaba un sendero de minúsculos espejos y que, percibido a la distancia, desde el océano, había refulgido como un dragón chispeante.
Sin ese río habrían muerto de sed.
Una bandada de garzas se posó lentamente en las márgenes opuestas y eso tan simple les alegró el corazón.
No pasó ya mucho tiempo antes de que fueran atajados por un tupido bosque de algarrobos, tan quietos que parecían labrados en alto relieve. Cuando al fin lo atravesaron, se dieron cuenta de que ese bosque formaba un alto y ancho muro que enmarcaraba un valle circular de arena cobriza, que a su vez confinaba una serie de hondonadas esféricas de arena dorada. En el vórtice de aquel inusitado lugar, algo se movía.
Naylamp y los suyos se resguardaron a la sombra de dos algarrobos. Naylamp se puso en cuclillas y desde allí observó atentamente el vórtice.
Lo que se movía era una opacidad blanca que variaba de forma caprichosamente. Ora tenía la hechura de una serpiente; ora, la de un zorro; ora, la de un jaguar. Y así convertido en jaguar levantó su cabeza terrible y escudriñó a la distancia el bosque. Por unos momentos detuvo su rostro orientado hacia ellos; luego lanzó un bramido y se deshizo en un remolino que se tragó a sí mismo.
Al mirar aquella hechicería cada uno de los guerreros sintió flaquear su coraje, pero nadie lo puso de manifiesto. Eran hombres de honor y tenían demasiado orgullo para soportar que alguien los llamara cobardes, de modo que cerraron filas alrededor de Naylamp y esperaron.
Prontamente, Naylamp dispuso que empuñaran sus lanzas, se formaran en abanico y descendieran. Él iría a la cabeza.
VII
No habían avanzado aún veinte pasos cuando pisaron la primera esfera. Apenas lo hicieron estalló debajo de sus pies un lamento desgarrador, idéntico al grito de una madre cuando le muestran el cadáver ensangrentado de su hijo. Repentinamente, innumerables dedos de gravilla y sílice atraparon por las sandalias a Xan Muchec y Llapchillulli, los mejores arqueros de Naylamp, y los absorbieron igual que en altamar el hocico de una borrasca engulle a las embarcaciones.
Nadie pudo salvarlos.
Los demás guerreros quisieron retroceder, pero Naylamp se interpuso.
“No”, dijo. “Bajemos cuanto antes.”
Había que saltar, y saltaron.
Al caer, cada uno rodó hasta quedar precisamente sobre la segunda esfera.
Todos se pusieron nerviosamente de pie, alertas, con cada músculo del cuerpo en el límite de la tensión y sin saber qué iba a sucederles.
En eso, un fino y tibio viento fue hacia sus tobillos como un sinnúmero de leves arañas, y una vez allí, mientras trepaba, empezó a mudar en canto, un canto melancólico, triste, que hablaba de un mundo que sufría bajo un manto de flores, de una hierba apacible segada por el olvido, de un fuego helado que iba a crujir en las cenizas de una patria lejana.
Entonces Allascuycuy, Ñinacola, Cuntiñain, Ñinagintu y Occhocalo, cinco hombres famosos por su ímpetu en las contiendas, aflojaron sus cuerpos y, subyugados por la pesadumbre, dejaron que las dunas se apropiaran de sus almas.
Se disolvieron en el polvo, que en aquel círculo tenía el tinte de la chicha.
Naylamp vio esto y, haciéndolo primero, ordenó en voz alta: “¡Cúbranse las orejas! ¡Cúbranselas!”, y se precipitó hasta la tercera esfera.
La voz de Naylamp rompió el conjuro de la funesta melodía y los guerreros todavía vivos lo siguieron velozmente.
VIII
Al ser tocada, la tercera esfera empezó a vomitar un zafarrancho de torbellinos que cegaron y dejaron sin aire a los hombres de Naylamp. Solo él permanecía completamente erguido y sin cerrar los ojos. Así pudo ver cómo en aquella esfera, sofocados por la tierra, se ahogaron tres más de sus guerreros: Talpaguachal, insuperable con el cuchillo, Vapuchmayo, cuyos golpes de maza habían dejado un reguero de viudas, y Mesamánguan, el robusto lanzador de picas. Ya nunca verían la luz del sol y sus carnes harían de cebo para los gusanos.
Naylamp corrió hacia sus demás compañeros y fue arrastrándolos de los cabellos hasta fuera de aquel círculo detestable. Uno tras otro los fue lanzando hacia la última esfera que precedía el vórtice. Después, rápidamente, a grandes trancos, bajó él.
IX
La superficie estaba hecha de barro agrietado y ennegrecido y debajo de ella, en su vísceras, moraba el silencio. Este era el portero de la cuarta esfera. Un silencio que enloquecía a los hombres porque los obligaba a escucharse a sí mismos.
Por siempre, matar y hacerse matar había sido la simple y nítida consigna de los hombres de Naylamp. Ahora, con el silencio perforando sus oídos, muy despacio, iban sintiendo cómo en ellos, cruelmente, nacía la incertidumbre, la perversa incertidumbre que ponía en tela de juicio la fatalidad decretada por los dioses.
Naylamp se encontraba de igual forma lleno de indecisiones y recelos. En aquel anfiteatro de la muerte pensaba en aquella niña que estaba condenada a derramar su sangre al dios de los desiertos, y no supo si estaba bien o mal que así fuera. Se trataba de una tradición sedimentada por los siglos y no tenía porqué cambiarse. ¿O acaso era posible? Y de ser posible, ¿por qué? ¿Para qué?
Pensó en Ceterni, su reina, y supo que para un guerrero la inquina es más segura que el amor y que era forzoso que así fuera.
Sí, sí.
Tal vez, sí.
Tal vez.
No. Quizá no.
Atormentado, Naylamp pateó el suelo ocho veces, y con cada golpe el silencio parecía troncharse como se tronchan las nubes acometidas por los rayos del cielo. Al noveno golpe, la esfera se sacudió igual a un perro y los expulsó de su lomo.
Finalmente, todos chocaron contra el vórtice.
X
Lejos de allí, en su vivienda provisional en la costa, asistida por doncellas y protegida por arqueros, Ceterni permanecía inquieta. No había querido que Naylamp se internara en aquel país desconocido, pues durante varias noches un sueño le advirtió de los riesgos letales de ese atrevimiento. Pero Naylamp era un hombre obstinado. Un hombre que se había propuesto cumplir con los deberes que él mismo se imponía. Y por eso era bárbaramente odiado por sus enemigos. Y por eso ella lo amaba.
Afuera de la vivienda, un emisario se dejó oír. Pidió al guardián de la entrada que la reina hiciera saber si aceptaba los alimentos que el curaca Suysuy remitía. Una de las doncellas se encargó de transmitir el mensaje de su reina: “Sí, aceptamos con gratitud”.
El lienzo de cáñamo y tocuyo que cubría el marco de la entrada se abrió en dos e ingresaron diez niñas portando las viandas. Faquisllanga era una de ellas.
La reina la reconoció y la llamó aparte.
Faquisllanga se aproximó a Ceterni y le hizo entrega de un pote colmado de maníes. Ceterni asintió con un gesto amable.
“Siéntate a mi lado”, le dijo.
Por unos segundos la niña quedó estupefacta y no supo qué hacer; luego, tímidamente, cambió la expresión de su cara y, contenta, subió a un taburete al lado de la reina.
“¿Eres hija de pescadores?”, le preguntó Ceterni.
“No, no, señora”, contestó Faquisllanga. “Mamá y papá son alfareros y hacen vasijas y también bonitas máscaras. Si quiere, después se las enseño.”
La reina convino en ello. La niña agregó: “Mi abuelo les dijo cómo hacerlas, y a él se lo dijo su papá, creo”.
“¿Y tú? ¿Eres alfarera?”, preguntó Ceterni.
“No, señora”, dijo Faquisllanga. “Mi cabeza se va para otros sitios cuando me quieren enseñar. Tonta, me dice papá. Y otros bruja, me dicen, y otros no me dicen eso pero me tienen miedo, creo.”
Faquisllanga agachó los ojos, incómoda. La reina la observó con curiosidad.
“¿Y a dónde se va tu cabeza?”, preguntó.
“No sé”, contestó Faquisllanga. “Es como si soñara, pero tengo los ojos bien abiertos. Y entonces veo lo que va a pasar.”
La reina se puso alerta e irguió la espalda. Recordó su propia infancia y vio en Faquisllanga a la que había sido.
“Cuéntame lo último que viste”, le dijo.
Faquisllanga se avino de buena gana. Sonrió a la reina y, acomodándose lo mejor que pudo sobre el taburete, se dispuso a cumplir con lo que ella le pedía.
XI
Ahora, la tierra entera temblaba. Del vórtice al cual ellos habían llegado brotó un ser deforme, un coloso blanco cuyos miembros eran dunas gigantescas de las cuales asomaban garras de puma, y cuyo cráneo de arena ostentaba cuatro bocas hinchadas de colmillos de piedra pómez y dos ojos de lapislázuli.
Era el dios de los desiertos, el dios sin entrañas, el mayor de los incontables hijos del tiránico Aia Paec.
Cada movimiento de sus nueve brazos era capaz de rebanar la coraza más dura como si se tratara de la larva de una mosca, y de esto se dieron cuenta muy tarde los últimos guerreros que acompañaban a Naylamp.
Tot Temoche, el rastreador, no pudo siquiera levantar su maza en contra de aquel horrible dios, pues una de las garras de puma se clavó en su paladar y de aquí fue jalado por la muerte. Llanipaccum, el hombre más ágil de todos, no tuvo tiempo de apartarse de las fauces del gigante, pero alcanzó a imaginar su propia piel hecha jirones y después escupida a los infiernos. Fongasigde logró hundir su larga pica en uno de los codos del dios, pero la pica pasó de largo a través de la arena y se incrustó en una franja de barro seco mientras aquel engendro lo aplastaba. De este modo también dejaron la vida Guarical Chinchi y Mashac Namo. Solo Pita Zofi continuaba luchando al lado de Naylamp. Pero cada asalto, cada acometida de los dos contra el monstruoso hijo de Aia Paec, era en vano: sus picos y sus cuchillos zozobraban en el cuerpo insensible del gigante, y en cambio este nunca agitaba inútilmente sus brazos blancos rematados en zarpas, pues con cada giro dejaba un hilado de sangre.
Naylamp y Pita Zofi contaban solamente con una ventaja: el dios de los desiertos no tenía piernas ni pies. Manaba del vórtice y estaba anclado en él. No podía perseguirlos más allá del alcance de sus brazos de duna, y ambos guerreros eran raudos y porfiados en la brega.
En uno de estos asaltos, Pita Zofi tiró su lanza hacia el rostro del colosal portento y la punta de cobre logró partir uno de sus colmillos de piedra pómez. La bestia divina se replegó unos instantes, al parecer desconcertada por lo que jamás antes le había ocurrido, pero casi en seguida volvió a la carga y con más ferocidad si cabe.
Fue en aquel momento en que sucedieron dos cosas inolvidables, sin duda ya previstas por el destino.
Pita Zofi, el tañedor de los combates, el más fiel y valiente de los guerreros de Naylamp, tropezó. Y cuando sus rodillas se hirieron con la tierra, el dios de los desiertos cayó sobre él, mordió su nuca hasta que los colmillos de piedra pómez de dos de sus cuatro hocicos asomaron por la garganta del desdichado, y lo sacudió, troceándolo, de un lado a otro a muchos pies de altura.
El dios de los desiertos parecía un descomunal perro rabioso, y desde sus fauces los restos de Pita Zofi fueron esparciéndose en media luna como las ramas exánimes de un guarango o de un sauce. Cuando lo decapitó, este ya era un guiñapo sin vida con más sangre fuera que dentro del cuerpo.
Entonces, un rugido salvaje escapó del pecho de Naylamp, el hijo de Llampallec. Un rugido como no se había escuchado jamás entre las naciones del norte.
Cualquier hombre u animal hubiera sentido miedo ante ese rugido, pero en el titánico monstruo sin entrañas que tenía delante no palpitaba nada que pudiera sentir. No tenía corazón. En su interior divino solo había arena, y la esencia de su arena era la muerte.
XII
Naylamp se puso en cuclillas, vertiginosamente extrajo de su morral una recia huaraca, la preparó con un proyectil de púas de plata, la tensó, apuntó a uno de los ojos de lapislázuli de aquel perverso devorador de hombres y, tras cuatro imparables molinetes, arrojó el proyectil que de golpe mutiló el ojo derecho del dios de los desiertos.
Este se detuvo y alzó una de sus manos de felino hasta su rostro informe; al mismo tiempo, un vendaval surgió del vórtice donde se apoyaba y zumbó en sus brazos, hasta que en ellos atronó el llanto del páramo.
Sin esperar la reacción del espantoso hijo de Aia Paec, Naylamp preparó en segundos el otro proyectil de púas y lo soltó como si fuera la emanación de un hambriento gavilán o una estrella fugaz y mortífera.
El resplandor de aquella nueva bala escindió el aire y embistió el ojo izquierdo del dios de los desiertos, sacándolo de su órbita.
Lo dejó ciego.
Después, en lo que apenas dura una exhalación, con el cuchillo en una mano y un hacha de dos filos en la otra, Naylamp se arrojó hacia la cabeza de aquel ser inhumano y embistió contra sus fauces.
El ataque fue implacable y, pese a su dureza, los largos colmillos de piedra del dios de los desiertos no pudieron resistir la arremetida colérica del hijo de Llampallec.
Este lo golpeó muchas veces más, ya no en su exterior de arena sino en las patas de puma de sus brazos hasta que sajó las uñas corvas y hasta que del infernal monstruo únicamente quedó un magma de asperón, sílice, gravilla, casquijo y polvo alberizo que, bufando, resollando, acabó barrido por el viento.
El rey Naylamp había vencido al hijo de Aia Paec.
De este, del dios de los desiertos, tan solo quedaron sus ojos de lapislázuli, sus garras rotas y unos fragmentos de piedra pómez.
Diecisiete guerreros valerosos habían sido el coste de aquella victoria.
Extenuado, Naylamp se sentó junto a los cadáveres y rezó en silencio a su padre. Mientras lo hacía, no se dio cuenta de que secretamente estaba llorando.
XIII
“Por eso se rebelaron las cosas”, dijo Faquisllanga. “Porque los guerreros solo sabían matar o hacerse morir.”
La reina Ceterni escuchaba. En algún momento pensó que la niña, o la inocencia que traslucía la niña, era persuasiva.
Faquisllanga le había contado que las cosas estaban hartas de sangre y que un día no quisieron dejarse asir por ningún hombre.
Que los botijos y las ollas y las garrafas se hacían añicos antes de permitir que los utilizaran. Los telares y los paños y los atuendos se deshilaban por sí solos cuando alguien los quería usar. Los orfebres no podían derretir el oro y las aleaciones no cuajaban y las cadenas escupían sus engarces. Mazas y huaracas y lanzas y cuchillos y escudos y hachas se hacían peso muerto en las manos de los combatientes.
“Hasta que una mañana, las cosas se convirtieron en gente”, había dicho Faquisllanga. “Se desmandaron, pues. Y nadie lo podía creer.”
Pero imaginarlo no resultaba difícil. A merced de esa profusión de gente que había venido al mundo asqueada de tantos crímenes, los pobladores, privados de armas, de utensilios, de vestimentas, no tuvieron más alternativa que aceptar las condiciones que aquellos imponían. Concordia, conciliación, acuerdo, avenencia, unión, dijeron esas cosas con voluntad de hombre. “No solamente con sus iguales”, habían dicho, “sino también con quienes ustedes creen que son diferentes”.
Ceterni no sabía aún si darle crédito; Faquisllanga, en cambio, parecía contenta con su propia narración.
“¿Y eso fue todo?”, le preguntó la reina. “¿Allí se acabó tu visión?”
Faquisllanga dijo que únicamente faltaba el final.
La reina sonrió. “¿Y tú no lo sabes?”, insistió.
“No, señora. Porque el final lo va a decidir tu rey”, le contestó Faquisllanga.
Entonces la reina Ceterni comprendió lo que les esperaba y dejó de sonreír.
XIV
Cuando de lejos vieron aparecer a Naylamp, tanto los nativos del país como los extranjeros llegados de mar adentro soltaron vivas, pero las exclamaciones de alegría cesaron apenas cayeron en cuenta de que estaba solo y caminaba como caminan los hombres sin ilusión.
Sucio, manchado con sangre descolorida por el sol, llevando diecisiete morrales sobre sus espaldas, Naylamp pasó al lado de los pobladores del norte sin dirigirles la mirada y menos la palabra. Fue rectamente hacia la costa siguiendo la vera del río que había aliviado su sed y la de los suyos. Rectamente, sí, hasta llegar a la vivienda improvisada de su reina.
Ceterni había sido alertada minutos antes por un centinela y ya estaba afuera, con el corazón latiendo a toda prisa en su pecho, esperándolo. Detrás de ella, reservada, medio cohibida, estaba Faquisllanga.
Ceterni era hermosa, pero nunca como en esos momentos le pareció tan hermosa a su esposo Naylamp.
XV
El hijo de Llampallec durmió todo un día y una noche. En la siguiente alborada, Naylamp despertó antes que Ceterni y, sigilosamente, se deslizó de su lecho y salió de la vivienda.
El aire estaba frío y la resaca de las olas era pacífica. En lo alto brillaban los planetas y las estrellas, diosas y dioses intocables que jamás dejarían oír su voz. La Tierra para ellos era un espectáculo, un escenario sobre el cual se montaban comedias, dramas y tragedias sin fin.
Recordó lo que le dijo Ceterni acerca de la niña. Tal vez ella podía interpretar el lenguaje arcano de la bóveda celeste. Quién sabe. Si alguien se lo hubiera dicho una semana atrás habría pensado que se trataba de mera charlatanería, o, en el mejor de los casos, de una insensatez; ahora, en cambio, sintió que no le resultaba difícil creer que lo imposible era mucho más común de lo que había imaginado. En realidad, contaminaba todas las cosas y era la condición natural del universo.
Concentrado en sus ideas, no sintió los pasos de la reina sobre la arena de la playa. Ceterni lo abrazó y él volteó a verla: estaba desnuda debajo de su sábana de pieles de hurón. Naylamp también la abrazó. A unas cuantas varas de ellos, los centinelas apagaron sus fogatas.
La atmósfera se mantuvo húmeda en las siguientes horas y, conforme se aproximaba el mediodía, las nubes encapotaron el horizonte. Naylamp no quiso dilatar ya más la ansiedad de los pobladores y pidió a un heraldo que convocara al curaca Suysuy, al sacerdote Mochquiqui y a cuantos pobladores quisieran o pudieran asistir. Tenía algo que mostrarles.
XVI
La reunión aconteció por la tarde. Todos escrutaban a Naylamp porque había corrido el rumor de que no pertenecía más a la raza de los vivos y únicamente andaba sobre el planeta porque aún no estaba acostumbrado a las tinieblas del subsuelo.
Por eso, nadie esperaba lo que pasó.
Naylamp ordenó que trajeran a su presencia los diecisiete morrales que había cargado durante su regreso. Cuatro de sus guerreros los pusieron en un empedrado natural en medio del rey y del curaca.
“Ábranlos”, dijo Naylamp.
Sus hombres obedecieron y permitieron que el viejo Suysuy se fijara en el contenido de aquellas bolsas de cuero.
Al inicio, lo que vio no significó nada para él. Solo varios puñados de arena blanca, dos lapislázuli en forma de ojos de lechuza, pedazos de piedras volcánicas y abundantes restos de uñas de puma.
“¿Qué es todo esto?”, preguntó intrigado.
Naylamp lo contemplaba sin responder. Machquiqui se acercó a los morrales y escarbó ceremoniosamente en cada uno de ellos. Y entonces los pobladores del norte, uno tras otro, pudieron asistir a la transformación de aquel hombre. Su sacerdote.
No alcanzó a revisar los diecisiete zurrones. Le bastó sentir entre sus dedos los ojos de lapislázuli para entender la magnitud de lo ocurrido.
Como si se tratara de los restos de su propia madre, Machquiqui los apretó en sus manos y se golpeó el pecho repetidas veces, dirigiendo su cara hacia la playa. Ningún grito salía de su laringe, solo las contorsiones dolorosas de su rostro permitían adivinar el sufrimiento atroz que estaba pasando aquel hombre.
Nadie lo detuvo en lo que hizo luego.
Se puso trabajosamente de rodillas y empezó a llenar con la arena de los morrales su sayo. Cuando acabó, su cuerpo parecía el de un ser deforme y a punto de reventar.
Luego, de rodillas, se abrió paso entre la gente y, como las torgugas adultas cuando saben que tienen que hacer su última travesía, se arrastró hacia el océano.
Murmuraba palabras ininteligibles.
Cuando por fin tocó las aguas, algunos creyeron ver que se estremecía y que sus mejillas relucían de lágrimas. Solo entonces pudo gritar.
Y gritó el nombre de Aia Paec.
Después se hundió para siempre bajo la espuma.
XVII
Naylamp gobernó el país del norte durante treinta y nueve años. Durante ese tiempo, la visión de Faquisllanga parecía haberse cumplido como un presagio de buenaventura: la paz se impuso en todos los lugares del territorio y bastaba mencionar el nombre del rey para ahuyentar a los enemigos. Solo una vez los moches habían intentado atravesar las fronteras y habían sido derrotados vergonzosamente. Esta fue una lección que ellos no pudieron olvidar y se cuidaron mucho de aproximarse con otros propósitos diferentes a los del comercio y la diplomacia.
Así, bajo la guía tanto de Naylamp como de Ceterni, los pobladores del norte aprendieron a cocer y a pintar el barro de una manera más eficiente, a edificar templos y murallas casi inexpugnables, a revolver el oro y el cobre en la orfebrería y a cantar hazañas y amores inventados. De una forma u otra, la rebelión de las cosas que había soñado Faquisllanga cuando niña había dado sus frutos. Se lo había dicho a la reina Ceterni: “El final lo va a decidir tu rey”. Y todo indicaba que, en efecto, Naylamp había decidido bien el final.
Fueron, pues, treinta y nueve años de un reinado de provecho. Pero nada puede ser eterno ni definitivo, ni siquiera cuando se trata del hijo de un dios.
También a Naylamp le llegó el anuncio de su muerte, y Llampallec fue el primero que se lo dijo: cuando visitó y abrazó la efigie de turquesa de su padre, los ojos de coral vertieron perlas sobre su rostro a modo de lágrimas. Después, en el firmamento, se lo dijo un colibrí, pues vio que se elevaba más allá de lo que jamás un ejemplar de su especie pudo hacerlo, y desaparecía entre las nubes, y llovía. Después, al cabo, se lo dijo Ceterni, quien lo había sabido por boca de Faquisllanga, para esa época sacerdotisa del reino.
“Al rey le quedan tres días”, murmuró Faquisllanga.
Y Ceterni se lo repitió: “Te quedan tres días”, le dijo.
Naylamp asintió.
Luego, él mismo preparó sus funerales discretamente. No quería pompas ni crónicas del suceso; entraría en la oscuridad eterna sin otro ademán que el cerrar de sus párpados. Nombró al mayor de sus hijos como sucesor y se despidió comedidamente de cada uno de los que habían servido bajo su mando.
Ya en la consumación de sus energías, sonriendo, le dijo a Ceterni: “No es fácil llegar a ser lo que somos”. Y ella no supo qué responder, o tampoco tuvo fuerzas para hacerlo.
Los que estuvieron presentes dijeron que el cuerpo de Naylamp se transformó en un águila y se perdió para siempre en los cielos.
“Fue el hijo de un dios”, le dijo entonces Faquisllanga a la reina a modo de consuelo.
“Más que eso”, respondió Ceterni con tristeza. Después, casi imperceptiblemente, sonrió y dijo en susurros: “Fue, sobre todo, un hombre.”
El noble genio de Camus
February 15th, 2012 by c.s. santisteban
I
La creencia de que Albert Camus fue mejor ensayista que dramaturgo empezó a propagarse cuando su cadáver aún no se enterraba en Lourmarin; paradójicamente, sus detractores empezaron a reprocharle, incluso en los obituarios más elogiosos, la extrema claridad de sus ideas, juzgando que tanta claridad no podía congeniarse con una profunda reflexión. Propusieron entonces que el verdadero mérito de Camus fue coyuntural y periodístico, no filosófico ni permanente. Poco después, Susan Sontag, la brillante ensayista norteamericana, afirmó en un artículo que Camus siempre demostró ser un escritor “extraordinariamente talentoso y culto”, aunque sin genio.
Naturalmente, surge la cuestión de qué entendió Susan Sontag por ‘genio’, y si, por otra parte, la obra de un trabajador incansable, además de “extraordinariamente talentoso y culto”, puede alcanzar la categoría de ‘genial’.
II
Leyendo de cabo a rabo aquel artículo de Sontag sobre los Carnets de Camus, pienso en dos clases de genios afines a su idea. La primera, reúne a los seres fantásticos, bromistas, embaucadores y amorales de la literatura semítica que la palabra árabe jinn o djinn particulariza y de los que habla el Innombrable del Corán (15, 26-27): “Hemos creado al hombre de barro, de arcilla moldeable; antes, del fuego ardiente habíamos creado a los genios”. Ellos, además, pueden ser causantes de ciertas formas de locura y así lo deja saber la palabra árabe que designa al ‘loco’, maynun, que etimológicamente significa ‘poseído por los genios’.
Por otro lado, está la segunda clase de genio, cuyo sentido echa raíces en los griegos, adquiere voz entre los latinos, se humaniza en el Renacimiento italiano, se ironiza en la Ilustración, se entroniza en los romanticismos inglés y alemán y se figura como un torrente creador de la naturaleza en manos de Kant, con pocas variantes hasta hoy.
III
Platón, que no conoció la palabra ‘genio’ pero sí la de daimon, o ‘mediador entre dioses y hombres’, ya había escrito lo siguiente: “No es mediante el arte [techné] sino por el entusiasmo y la inspiración [de las musas] como los buenos poetas épicos componen sus bellos poemas” (Ion, 533 D534 E5). Además, ese entusiasmo canalizado por el daimon “inspira odas y otros poemas que fijan modelos para las nuevas generaciones” (Fedro, 245a). Este daimon es equivalente al genius latino derivado de la religión etrusca, que con el paso de los siglos, en el cenit del Renacimiento, adquirió una nueva dimensión gracias al poema Genius sive de furore poetico, de Giovanni Maria Verdizotti, que en realidad sólo ponía en versos las premisas de Ficino y de Pico della Mirandola: la presencia de un alter deus dentro del hombre y esa suerte de embriaguez que, en los grandes artistas, permite alcanzar la armonía celeste. Tiempo después, Giordano Bruno también haría suya la doctrina platónica del entusiasmo y la inspiración pero mezclándola con lo dicho por estos primeros humanistas. De este modo pudo escribir, en Eroici furori, que “la poesía no surge de las reglas; o, dicho de otra manera, las reglas surgen más bien de la poesía”, y comentar que Homero no fue “un poeta que dependiera de reglas sino que sus propias reglas sirvieron a otros que fueron menos aptos para inventar que para imitar”, los cuales, como aquellos que recojen las migas que otros tiran al suelo, “hacen el amor con musas ajenas”. “¿Cómo es posible entonces” pregunta Cic, uno de los interlocutores del diálogo escrito por Bruno, “reconocer a los verdaderos poetas?”, y le responde Tan: “Los reconoceremos cuando al recitar sus versos sintamos que son deliciosos o útiles, o ambas cosas a la vez”, ya que el poeta convierte los males que lo aquejan en el mayor de los bienes para el resto de los mortales. Por otro lado, Bruno asimismo cree que la ignorancia no es un escollo para el artista; “lo más frecuente”, dice, “es que hayan llegado ahí a partir de un estado de incultura e ignorancia, como si se tratara de una casa vacía en la que se introduce el espíritu divino”.
IV
Visto lo anterior, es comprensible que Voltaire se haya burlado del concepto de genio propalado en los siglos xvi y xvii. En su Diccionaire philosophique, por ejemplo, ironiza diciendo que esperará ver más de uno, “porque no lo creería si viera sólo uno”. Es comprensible: para un ilustrado como Voltaire, ‘geniales’ son los dioses que representan un pasado de superstición que se debería rechazar. “El genio bueno debía ser blanco y el malo negro, excepto en los pueblos negros, en donde sucedería lo contrario”, escribe con sorna.
V
En 1699, Roger de Piles compuso un pequeño tratado, Abregé de la vie des peintres, donde reitera que las aptitudes artísticas son un regalo de la naturaleza que ignora las reglas establecidas en cada dominio artístico. “Una obra puede ser mala sin cometer ninguna infracción contra las reglas”, dice, “de la misma manera que una obra llena de infracciones puede ser excelente”. Ya en el auge de la Ilustración, Diderot lo avala: “No sé si en el arte las reglas no han sido más nocivas que útiles”, dice. En oposición, Batteaux, otro clasicista y racionalista de la época, afirma que el genio no es un poder misterioso que detentan unos pocos hombres sino una razón más activa, sutil y observadora. “Los hombres de genio”, escribe en 1747, “no hacen más que descubrir algo que ya existía. Unicamente son creadores por el hecho de haber observado y, recíprocamente, son observadores solo por el hecho de estar inmersos en un estado de creación.” De esta forma Batteaux sostiene que el genio no crea ex nihilo: “Procede como la tierra: no produce nada sin semillas. Y esta comparación, lejos de empequeñecer a los artistas, sirve para darles a conocer el origen y la amplitud de sus recursos, que son inmensos, puesto que el genio no tiene más límites que los del universo”. En esta misma línea se pronuncia Buffon al ser admitido en la Academia Francesa en 1753: “El genio no es otra cosa que una larga paciencia”, dice. Lo cual expresa una idea común al racionalismo de los siglos xvii y xviii, de la que Juan Sebastián Bach será un magnífico ejemplo rescatado del barroco: “He trabajado duro”, había escrito él en una carta; “cualquiera que trabaje tanto como yo obtendrá mis logros”.
VI
Mientras tanto, nutriéndose medularmente de la estética inglesa de Young y Shaftesbury, en Alemania se cocía el Sturm und Drang y levantaba sus manos en contra de la tradición racionalista ilustrada, según la cual la creación de un objeto artístico responde a reglas puntuales, mensurables, racionalizables y pasibles de normatividad. En contraste, los defensores del Sturm und Drang alegaron que la naturaleza es una gran maestra que incorpora al hombre en su plenitud, vinculándolo con sus orígenes.
Desde esta perspectiva se exaltaron la plenitud del instinto, la imaginación, los valores inconscientes y la libertad de sentimiento y se afirmó que la creación debe dar cuenta no sólo de lo bello sino también de lo feo y carente de armonía. Por otro lado, para los románticos alemanes las sensaciones —el inconsciente, como lo llamaría Schelling, mucho antes que Freud transformara esa palabra en otra mitología— son anteriores a cualquier reflexión y, junto al entusiasmo, marcan una tendencia natural digna de seguir.
Por último, Kant, en su peculiar lenguaje laberíntico, redefinirá otra vez al genio como el talento que, desde la naturaleza, forja las reglas del arte. “Dado que el talento”, escribe en su Crítica de la razón práctica, “pertenece a la naturaleza por ser una facultad productiva innata del artista, podría uno entonces expresarse también así: ‘genio’ es la innata disposición del ánimo (ingenium) a través de la cual la naturaleza da la regla al arte”. En este sentido, y en contraposición a lo que manifestó Leibniz, la instrucción es innecesaria para el genio y hasta podría perturbarlo seriamente. “El mecanismo de la instrucción”, dice Kant, “por forzar en todo momento al discípulo a la imitación, es ciertamente perjudicial a la germinación de un genio, a saber, en lo tocante a la originalidad.”
VII
Para los clásicos, los primeros renacentistas y los ilustrados franceses, la imitación de la naturaleza constituye una forma monopólica de belleza y verdad; después, los neoplatónicos, los románticos y los kantianos privaron al arte de toda verdad, confinándolo a la esfera de la pura genialidad trascendente. Este último concepto de genialidad contribuyó a descalificar una tradición tanto académica como práctica del arte, que propugnaba la imitación de patrones y la importancia de los talleres de maestros y discípulos.
Schopenhauer se alejó del concepto kantiano para argumentar que ‘genio’ es quien puede prescindir momentáneamente de su propia individualidad y es capaz de olvidar sus fines egoístas para “prestarnos su mirada” y hacernos ver lo esencial de las cosas. Luego, Nietzsche negó la utilidad del pathos del sufrimiento en la valoración del verdadero artista, y enseguida desestimó como mera metafísica la figura sobrehumana del genio, recordando el esfuerzo de racionalidad y autodominio que comporta el proceso creativo. En su libro de notas sobre Beethoven, por ejemplo, Nietzsche aseguró que “los grandes artistas fueron asimismo grandes trabajadores” […] “no solo incansables en la invención, sino también en descartar, exhumar, reformular, ordenar”. Y más adelante: “La actividad del genio no es algo esencialmente diferente de la actividad del inventor mecánico, del erudito astrónomo o historiador, del maestro de la táctica. Cada una de estas actividades se hace presente cuando los hombres tienen en cuenta que su pensamiento es activo en un sentido que utiliza todo como materia que contempla siempre su vida interior y la de otro con ardor, que en todo lugar ve modelos atractivos que no se agotan en la combinación de sus medios”.
VIII
El temperamento de Camus fue afín al espíritu de la Ilustración e hizo suyo el ajuste de cuentas que llevó a cabo Nietzsche con el romanticismo. Es bajo estos parámetros que, en mi opinión, debería juzgarse el obvio talento desplegado en su obra, y acaso su genio.
Fue un marginal en tres sentidos: nació argelino, pied noir y se hizo un escritor incómodo para la mayoría de intelectuales de su tiempo. “Si hubiera un partido de los que no están seguros de tener la razón, ése sería el mío”, anotó en una página de los Carnets. Así pues, no pudo ser grato a los socialistas, los fascistas, los comunistas o los independentistas de Argelia, pero fue afortunado en la amistad y el amor, acaso los mayores logros a los cuales pueda aspirar un ser humano. Construyó su moral de los límites tras ver la devastación y la locura de las guerras y la defendió con el mismo coraje que empleó en la Resistencia y en la dirección de Combat. Esta alergia a los extremos de la pasión y del pensamiento le permitió una comunión casi panteísta con la naturaleza y lo inclinó aun más hacia la mesura; sobre ella edificó su arte y su pensamiento austeros y en este nuevo espacio fue único. Sus palabras parecieron entonces cinceladas por una sensual claridad que iba pésimo junto al despliegue de acrobacias verbales de sus contemporáneos. Tal vez me ayuden unas citas para comprobarlo:
“L’Unité s’exprime ici en termes de soleil et de mer. Elle est sensible au cœur par un certain goût de chair qui fait son amertume et sa grandeur. J’apprends qu’il n’est pas de bonheur surhumain, pas d’éternité hors de la courbe des journées. Ces biens dérisoires et essentiels, ces vérités relatives sont les seules qui m’émeuvent. Les autres, les ‘ideales’, je n’ai pas assez d’âme pour les comprendre. Non qu’il faille faire la bête, mais je ne trouve pas de sens au bonheur des anges.” (De «L’ete à Alger», en Noces. Cuando lo escribió, Camus tenía poco menos de 24 años.)
“Une philosophie pessimiste est par essence une philosophie découragée et, pour ceux qui ne croient pas que le mondeest bon, ils sont donc voués à accepter de servir la tyrannie.” (De «Le pessimisme et le courage», en Combat, septiembre de 1945, cuando Camus tenía 32 años.)
“Nous sommes dans un temps où les hommes, poussés par de médiocres et féroces idéologies, s’habituent à avoir honte de tout. Honte d’eux-mêmes, honte d’être hereux, d’aimer ou de créer. Un temps où Racine rougirait de Bérénice et où Rembrant, pour se faire pardonner d’avoir peint la Ronde de nuit, courrait s’inscrire à la permanence du coin.” (De Témoin de la liberté, conferencia pronunciada en la Sala Pleyel, en noviembre de 1948.)
“Une mouche maigre tournait, despuis un moment, dans l’autocar aux glaces pourtant relevées. Insolite, elle allait et venait sans bruit, d’un vol exténué. Janine la perdit de vue, puis la vit atterrir sur la main immobile de son mari. Il faisait froid. La mouche frissonnait à chaque rafale du vent sableux qui crissait contre les vitres. Dans la lumière, rare du matin d’hiver, à grand bruit de tòles et d’essieux, le vehicule roulait, tanguait, avançait à peine.” (De «La femme adultère», en L’exil et le royaume. Camus tenía 44 años cuando se publicó este libro.)
IX
La clase de genialidad predicada por Bach, por Voltaire, por Buffon, por Nietzsche es la que ejerció Albert Camus. Como quiso Schopenhauer, su obra nos prestó una mirada lúcida para que podamos ver lo esencial de las cosas. Si aún no la hemos aprovechado la responsabilidad no es de Camus sino de nuestra miopía, ya que en sus páginas —como dijo Fernando Savater— él supo mostrar “el lado irrepetible y frágil de cada uno de nosotros” porque siempre “se declara incompleto, insatisfecho, falible; porque sostiene principios elevados pero demuestra amar hasta lo menos excelso de la vida; porque cultiva los razonamientos pero no escamotea su desenlace absurdo; porque muestra más de lo que demuestra, porque no se le puede confundir con un profesor y guarda siempre en él algo de trémulamente joven e inmaduro”.
Hoy, tal vez más que nunca, es esta la clase de ‘genio’ que nos hace falta.
______________
* Platón, en el Fedro, distingue cuatro tipos de locuras causadas por la intervención divina: una locura erótica, inspirada por Afrodita y Eros; una locura poética, inspirada por las musas; una locura ritual, en la que Dioniso opera una desindividuación mediante el vino y la danza religiosa; y una locura profética, cuyo patrono es Apolo (244 A). Los dioses suscitan la locura (manía) mediante el entusiasmo, que en sentido literal significa tener un dios dentro del cuerpo (en-theos). Así, Platón también pudo declarar que “nuestras mayores bendiciones provienen de la locura” (Fedro, 244A).
** En Conjectures on Original Composition, Young resaltó que, siendo un genio original, Shakespeare pudo prescindir de la erudición porque tuvo como a la naturaleza por escuela.
*** Locke habían rechazado la idea de entusiasmo por considerarla el emblema de un misticismo que pretendían dejar atrás en favor del poder de la razón. Voltaire también la había rechazado, definiéndola como una “sacudida de nervios” causante de “la dilatación, el encogimiento de intestinos y las contracciones violentas de corazón” que habrían fastidiado las entrañas de la Pitonisa. Este entusiasmo es el que Herder, integrante del Sturm und Drang, opone al racionalismo ilustrado. “La gente está cansada de la verdad”, escribe Herder. “Los hombres quieren algo nuevo, y al fin el gusto debe servir para proporcionar alguna novedad.”
Idea con variaciones
February 15th, 2012 by c.s. santisteban
Un telar encantado, así era el cerebro para Charles Sherrington. En 1906 lo proclamó en un bello libro, The integrative action of the nervous system, que cambió para siempre la concepción de nuestras funciones neuronales. Hoy, con menos poesía, se entiende que nuestro cerebro es el área donde ocurren innumerables tormentas eléctricas autocontroladas fisiológicamente. Dicho de esta manera, se han inaugurado nuevas rutas de pensamiento; también, desde luego, nuevos límites que derribar.
Un telar encantado, sí, ¿por qué no? ¿Es más exacto y menos mágico decir que hay un millón de tormentas eléctricas en un espacio del tamaño de la punta de un alfiler? ¿Es realmente más exacto?
Sí y no.
Sí, en tanto uno ajuste sus ideas y enunciados dentro de y hasta los límites del marco teórico que les da consistencia.
No, en la medida en que uno se aparte de aquel marco teórico.
Todo esto se sostiene, además, en las problemáticas definiciones genuinas.
Una definición genuina es aquella que se origina en una decisión categórica sobre el uso de uno o más términos de una lengua comunitaria. La exposición que de ella hacen Bertrand Russell y Alfred Whitehead en Principia Mathematica es la siguiente: «Dicen: ‘yo, el autor, por la presente anuncio que usaré siempre que lo desee cierta palabra o expresión A en lugar de cierta expresión B, y que, cuando lleve a cabo esta sustitución, consideraré que no he realizado cambio alguno en la significación del enunciado implicado’. Así, una definición genuina expresa un acto de voluntad. Si se desea mostrar desacuerdo con ella se debe hacer sobre bases éticas y no pretendiendo que la definición no es verdadera. Una definición está lógicamente al mismo nivel que una traducción, pero difiere de ella (en cualquier caso en el que el punto de vista técnico esté implicado) en que se halla más bajo el control de quien la realiza».
Creo que esto se olvida cuando leemos, por ejemplo, las definiciones de número natural, o cuando operamos con los números naturales. Kurt Gödel puso en claro estas inadvertencias mediante dos teoremas célebres, que dicen: a) «En cualquier formalización consistente de las matemáticas que sea lo bastante fuerte para definir el concepto de números naturales, se puede construir una afirmación que ni se puede demostrar ni se puede refutar dentro de ese sistema»; b) «Si un sistema axiomático puede demostrar que es consistente a partir de sí mismo, entonces es inconsistente».
En todo caso, los apuntes de Russell y Gödel —y, más tarde, de Zermelo, Fraenkel o Robinson— señalan que la matemática es una disciplina de bases axiomáticas y, por consiguiente, con fundamentos resueltamente arbitrarios, como la ética. Lo cual es fascinante si uno piensa que es como estar sobre el más alto y sereno edificio del mundo y, de pronto, se percata de que los cimientos de ese edificio son tan inconsistentes como los de un fantasma.




